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The Leadership Table · El precio de tener siempre razón: lo que el éxito le oculta a quien lidera

Cuanto más acierta alguien con autoridad sobre otros, menos le contradicen, y cuanto menos le contradicen, más tarde se entera de lo que de verdad importa: la medida de un liderazgo está en cuánto tarda en llegarle lo que no quiere oír.

Cuanto más acierta alguien con autoridad sobre otros, menos le contradicen, y cuanto menos le contradicen, más tarde se entera de lo que de verdad importa: la medida de un liderazgo está en cuánto tarda en llegarle lo que no quiere oír.

Hay una escena que se repite en los consejos de administración y comités ejecutivos con una regularidad casi litúrgica. Estalla un problema serio: un cliente clave que se marcha, un proyecto que lleva meses desviado. El CEO o el presidente pregunta, con sorpresa sincera, desde cuándo se sabía. Y la respuesta casi siempre es incómoda. Se sabía desde hacía tiempo y lo sabían varios. Simplemente, nadie se lo había dicho.

Solemos leer esa escena como un fallo de comunicación o de lealtad. Me temo que es algo más interesante, y bastante menos cómodo para quien manda: la consecuencia lógica de su propio éxito.

Llamémoslo la latencia de la mala noticia. Es el tiempo que transcurre entre el momento en que un problema existe y el momento en que llega, sin filtrar, a quien tiene autoridad para resolverlo. Toda organización tiene esa latencia. Lo que distingue a unas de otras es cuánto dura, y eso depende mucho menos de los sistemas de información que del comportamiento de la persona que ocupa la cabecera de la mesa.

El mecanismo es sencillo y nadie lo diseña. Un líder competente acierta con frecuencia. Al acertar, gana discusiones. Y al ganarlas enseña a su entorno, sin proponérselo, que contradecirle tiene un precio: tiempo, exposición, quedar en evidencia delante de otros. Nadie decide conscientemente ocultar nada. Cada persona, por separado, calcula que todavía no merece la pena plantear la duda, que quizá el problema se resuelva solo, que mejor esperar a tener más datos. Multiplicado por un equipo entero y por varios años, ese cálculo razonable produce un resultado que no lo es en absoluto: un líder que es el último en enterarse de lo que más le importa.

De ahí la paradoja que da título a esta edición. Cuanto más acierta un líder, menos contradicción recibe. Y cuanto menos contradicción recibe, más depende de su propio juicio, justo cuando ese juicio empieza a trabajar con información incompleta. El éxito no vuelve necesariamente arrogante a nadie. Lo que sí hace, con notable eficacia, es ocultarle precisamente aquello que más necesitaría saber.

Conviene tomarse en serio el argumento contrario, porque tiene peso. Un líder no puede ni debe recibirlo todo. Su atención es el recurso más escaso de la organización, y protegerla es responsabilidad de quienes le rodean. Un buen equipo directivo filtra, prioriza, resuelve lo que puede resolver y eleva solo lo que de verdad exige una decisión superior. Un presidente empeñado en enterarse de todo acaba paralizado o, peor, convertido en el cuello de botella de su propia empresa. Y no toda discrepancia aporta valor: hay contradicción que es ruido, oportunismo o simple resistencia al cambio.

Todo eso es cierto. Pero todo filtro tiene un criterio, y ahí está el problema. Un filtro sano retiene lo trivial y deja pasar lo importante. Un filtro deteriorado hace exactamente lo contrario: deja pasar lo agradable y retiene lo importante en cuanto resulta incómodo. Ese criterio no lo fija el organigrama. Lo fija la memoria colectiva de lo que le ocurrió a la última persona que trajo una mala noticia.

Este es el punto que suele escaparse cuando hablamos de liderazgo. Dedicamos mucha atención a la capacidad de decidir y muy poca a la calidad de la información sobre la que se decide. Ningún criterio, por brillante que sea, compensa datos que llegan tarde. Un líder mediocre bien informado suele decidir mejor que uno brillante al que nadie se atreve a contradecir. La inteligencia tampoco protege del aislamiento. Con frecuencia lo acelera, porque discutir con alguien muy inteligente resulta, para los demás, especialmente costoso.

Nada de esto es exclusivo de presidentes y consejeros delegados. Le ocurre al director de un área, al socio de un despacho, al fundador de una empresa de veinte personas. Le ocurre, si somos honestos, en casa. Cualquiera que tenga autoridad sobre otros y una trayectoria de aciertos está expuesto. La diferencia es de escala: en la cúpula de una empresa el coste se mide en años de valor destruido, y en un consejo de familia, a veces, en una generación.

Si el problema es la latencia, la solución no pasa por pedir más franqueza, que es lo que hacen casi todos los líderes y casi nunca funciona. Decir «quiero que me digáis las cosas como son» no cambia nada si la experiencia de quien escucha indica lo contrario. La franqueza no se pide, se paga. Y la moneda es el comportamiento del líder en el momento exacto en que recibe algo que no quiere oír.

Quienes mejor gestionan esta latencia comparten algunos hábitos poco vistosos. Preguntan antes de opinar, porque saben que su opinión, dicha en primer lugar, cierra la conversación. Agradecen la mala noticia antes de discutirla, aunque después la discutan con toda la dureza que haga falta. Buscan deliberadamente a alguien que no dependa de ellos, sea un consejero independiente, un par fuera de la organización o un amigo sin nada en juego, porque entienden que nadie le cuenta toda la verdad a quien firma su evaluación. Y miden algo que casi nadie mide: cuántas veces, en el último año, alguien de su equipo les ha hecho cambiar de opinión.

Hay en todo esto una cuestión de fondo que va más allá de la técnica. Aceptar la contradicción exige una forma muy concreta de humildad: reconocer los límites de lo que uno alcanza a ver desde donde está sentado. La autoridad, bien entendida, no es el derecho a tener razón. Es la responsabilidad de decidir bien, y nadie decide bien sobre lo que ignora.

Existe una prueba sencilla, de una sola pregunta, que cualquiera que lidere a otros puede hacerse esta misma semana. No requiere encuestas ni consultores, lo cual, viniendo de quien la propone, tiene cierto mérito. Solo exige contestarla con honestidad. ¿Cuándo fue la última vez que alguien de tu equipo te trajo una mala noticia antes de que fuera inevitable?

Si te gusta el pensamiento estratégico sin la rigidez de los manuales corporativos, si crees que el liderazgo necesita más agilidad y menos frases motivacionales de taza de café, si estás harto de reflexiones que tienen la profundidad de un charco y si disfrutas de un buen símil inesperado… entonces nos vemos aquí la próxima semana.

Publicado originalmente en LinkedIn

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