Populismo político y populismo empresarial: dos caras de la misma moneda
El poder de la retórica emocional no distingue entre urnas ni juntas directivas. En ambos escenarios, se usa la promesa como espectáculo y el descontento como combustible.

El poder de la retórica emocional no distingue entre urnas ni juntas directivas. En ambos escenarios, se usa la promesa como espectáculo y el descontento como combustible.
Vivimos en un mundo donde los discursos populistas no solo se escuchan en mítines políticos; también se recitan en salas de reuniones, en conferencias empresariales y en campañas de marketing que visten de “propósito” lo que en el fondo sigue siendo solo rentabilidad. Cerca de la mitad de mi vida profesional la pasé en Washington DC y tuve la oportunidad, primero allí y luego en otros muchos lugares, de ser testigo cercano de muchos líderes políticos y empresariales, y en ambas categorías he encontrado pura estética y un discurso manipulador de emociones así como un liderazgo genuino con interés en provocar un impacto real.
El populismo político y el empresarial son espejos enfrentados que comparten una misma esencia: capturar la atención, manipular las emociones y ofrecer soluciones tan seductoras como vacías.
En política, el líder populista levanta la voz y señala culpables. En el mundo empresarial, el CEO populista levanta campañas de impacto social, patrocina eventos “verdes” y promete una cultura laboral que parece diseñada para una serie de Netflix. Pero en ambos casos, la promesa es solo eso: un guión bien montado con escenografía de cartón.
Siempre fui muy crítico del giro de grandes corporaciones a abanderar la cultura woke a diestro y siniestro cuando claramente no era ni siquiera por convicción, sino meros oportunistas para utilizar tendencias y explotarlas y capitalizarlas para hipnotizar a diferentes segmentos de mercado. Pero dicho esto, desde mi punto de vista, resulta francamente igual de escandaloso observar cómo muchas de esas mismas grandes corporaciones estadounidenses han cambiado de discurso y valores al compás de la victoria de Trump.
En cambio, como he puntualizado anteriormente, cuando Biden gobernaba, las mismas empresas que hoy ondean banderas de la supuesta “neutralidad” o que se apresuran a alejarse de causas identitarias, se llenaron la boca de “inclusión”, “diversidad” y “equidad” —no por auténtica convicción moral, sino como estrategia para congraciarse con el poder político de turno y sus consumidores más ruidosos.
Obviamente, estas grandes corporaciones se han retratado y han demostrado que no se trata de principios, sino de una indecente maniobra oportunista: lo que debería ser un compromiso ético se convierte en una burda táctica de supervivencia corporativa.
Es precisamente esta falta de integridad y la facilidad con la que se doblegan al poder político lo que deja al descubierto la verdadera hipocresía del corporativismo contemporáneo.
Hoy, y más que nunca, abundan los discursos que visten de “innovación” lo que en realidad es oportunismo disfrazado. Mientras unos apuestan por transformar desde la coherencia, otros convierten el storytelling corporativo en un escudo para no hacer los cambios que realmente importan.
Cuando el populismo empresarial se apodera del discurso, la autenticidad se convierte en un lujo y el cinismo, en la norma.
Y es que ambas formas de populismo se alimentan del mismo ingrediente: la insatisfacción colectiva. Mientras el político promete devolverle el poder al pueblo, el empresario populista promete que “las personas están en el centro de todo”… hasta que llega el trimestre malo y las primeras cabezas que ruedan son precisamente las de esas personas.
Ambos venden esperanza empaquetada, discursos heroicos y una promesa de cambio tan rápida como frágil. Pero liderar no es seducir masas: es asumir consecuencias.
¿Dónde queda entonces el liderazgo real? En la responsabilidad de no decir lo que conviene, sino lo que importa. En no disfrazar rentabilidad de impacto, ni marketing de ética. El liderazgo, como la democracia, no se trata solo de captar la atención, sino de merecerla. Y, como repito mucha veces, bien sea en sesiones de trabajo, aulas o conferencias, el lenguaje no es inocente.
Te dejo algunas preguntas incómodas, pero necesarias:
¿Tu marca promete más de lo que puede cumplir? ¿Estás liderando desde la sustancia o desde la seducción?
Si te gusta el pensamiento estratégico sin la rigidez de los manuales corporativos, si crees que el liderazgo necesita más agilidad y menos frases motivacionales de taza de café, si estás harto de reflexiones que tienen la profundidad de un charco y si disfrutas de un buen símil inesperado… entonces nos vemos aquí la próxima semana.



